CARLOS CASIGNO: UN LARGO CAMINO HACIA LA FUGACIDAD DEL ARTE

En forma gradual, y como les ha ocurrido a grandes artistas (Berni sería uno de ellos), Carlos Casigno va dejando atrás, tras absorberla, la herencia estética europea, de la que se nutrió en una larga época de su vida artística, e incluso del cosmopolitismo de Buenos Aires, que padece, como todo cosmopolitismo, una falta de anclajes concretos y verdaderos. Si el camino fue largo, no debemos atribuirlo a veleidades estéticas, sino a su trayectoria de vida, de por sí compleja. Nació en Corrientes, y pasó su infancia en el Litoral, tiempo en el que se fijan los principales elementos que hacen a la identidad. Pero su arraigo temprano en Buenos Aires significó, dado el encantamiento que le produjo la gran ciudad, un desarraigo de ese otro mundo, por lo que en Corrientes era un porteño, y en Buenos Aires un correntino.

Como es de imaginar, tal bipolaridad dio lugar a largas búsquedas, a idas y vueltas en lo artístico, plano en el que no faltaron los actos fallidos. Se podría decir que hoy está imponiéndose en él ese correntino ya irreconocible como tal, por su falta de tonada y de modismos, que no se entrega a tipicismo alguno, porque en él sería falso e inconducente, sino en lo que, de un modo general, podríamos llamar el horizonte guaraní, con sus signos, y también, o sobre todo, en esa América profunda, menoscabada en los principales estrados del arte, por el grado de colonialismo estético que signa sus prácticas.

Comenzó este descenso trabajando con imágenes aztecas, pero pronto comprendió que no debía apelar a esa América lejana en el tiempo y el espacio, sino a la propia, y entonces echó el ancla en lo pequeño, en los objetos e imágenes en los que más se calentaba su sensibilidad. Su obra cerámica abunda así en frutos, cactus, animales y algunas figuras humanas, tan difundidos en el arte popular del ámbito guaraní. Su serie cerámica titulada “Los Tymba’i” avanzan hacia una abstracción formal, de animales difícilmente reconocibles, pero que no tienden a una estilización que comulgue con la belleza, sino más bien con lo grotesco, otro fundamento de la estética de mayor arraigo en lo popular. Incluso los mbyá de Misiones y otros grupos guaraníes de Paraguay, cuando dejaron atrás la abstracción de las grecas que signaban su cerámica primera, empezaron a tallar en madera los animales que se veían cada vez menos en el monte, lo que para ellos, grandes conocedores y amantes de la naturaleza, constituye una verdadera tragedia.

Paralelamente a esta producción cerámica, suspendió el diálogo con sus grandes maestros europeos y empezó a trabajar en acrílico sobre telas de gran formato figuras de colores intensos y formas de gran fuerza expresiva, aunque a partir de 2013 y hasta la fecha, su arte se fue despojando de colores y avanzando en lo geométrico, donde al insertar las grecas en contextos más abstractos, estaría rindiendo un tributo, quizá sin percatarse, a la concepción plástica guaraní.

Su última apuesta lo lleva a materiales tan efímeros como el papel, donde las formas antes experimentadas se inscriben en esa frágil superficie dibujadas con un simple marcador, y en formatos pequeños. El elemento dominante es la lagartija, que lo acechaba de niño en su tierra natal, y siguió viéndolas en las calles de Mataderos, su barrio en Buenos Aires, como si este animalito viniera siguiéndolo por el mundo para recordarle su origen y orientar su rumbo. Hay series en negro, otra en azul y una última en rojo. El pequeño formato empezó de pronto a expandirse, hasta alcanzar un formato de 100 x 150 centímetros. La serie se llama “Frágil, transitorio, provisional”, y ancla así en algo que parece signar el arte popular de Nuestra América: no dar cuenta de la fugacidad de la vida a través de la “eternidad” del arte, garantizada, se supone, por el bronce y el mármol, sino con el dramatismo que implica dar cuenta de la fugacidad de la vida con algo mucho más fugaz que ella: el arte.

A partir de 2014, y dentro de esta misma serie, salta a la escultura en papel calado, y también en paspartú, en pequeño formato, pues su altura no excede los 30 cm, pero donde su estética alcanza una gran depuración formal y un minimalismo cromático exquisito.

Adolfo Colombres
Buenos Aires, junio de 2015.


CARLOS CASIGNO, o de la levedad del constructor.

Construcciones aéreas, atemorizantes aunque simpáticos y curiosos monstruos vermiformes o alados que tanto semejan ballestas como dragones, u otros seres que invisten, en ocasiones, la forma de ciudadelas: el diseño es impecable y los contenidos adoptan formas llamativas. Oscilantes entre su condición de aves, langostas o peces extraídos de una curiosa forma que ronda lo musical, pentagramático, Carlos mas allá de líneas y retículas, construye el conjunto con una impecable geometría, en base a planos que se diferencian por su profundidad plástica.

Ocupando el espacio como colibríes, con una suspensión aerodinámica, son invisibles alas que mantienen en el aire sus livianos constructos; otras, cactus danzantes y en otros, semejan, como en Nazca, pistas de aterrizaje. Uso restringido del color, y opción por una paleta monocroma en ocasiones: de repente, las frágiles estructuras se separan de otras, o son incluidas, suerte de Nautilus que continuamente se metamorfosea.

En las estructuras en papel se acentúa un cierto carácter dramático y, en vetas liricas, una solada paz. Su carácter totémico, algunas veces en paralelepípedo, otras acostado, vuelve a la forma del dragón, en otras figuras autóctonas como el yaguareté o la serpiente, para culminar su serie en frisos o bandas que evaden lo decorativo y abren paso a multitud de ojos y de hojas, con presencia de escamas y aletas. Todo el panteón de la América profunda está aquí resignificado a través de un complejo sistema sígnico, plenamente legible, que sintetiza un flujo de y tendencias y miradas, plenamente acabado en su impronta particularmente original.

Osvaldo Mastromauro
Diciembre 2015.